Por cuarta vez en el año, la web Wikileaks irrumpió con todo su potencial rebelde e imposible de parar. Con intervalos de meses, el sitio liderado por el australiano y antiguo hacker Julian Assange logró concentrar las miradas de la prensa mundial, y burlar, otra vez, el ahora errático sistema informativo norteamericano.
Emergente, e impulsor a la vez, del desarrollo de las tecnologías de la información, Wikileaks se dedica a filtrar y divulgar información confidencial o reservada, especialmente de carácter gubernamental, aunque también corporativa, brindada por fuentes anónimas. Según se informa en wikileaks.org, el tráfico de información del sitio (donde circulan más de un millón de documentos) se sostiene gracias al trabajo de “un grupo mundial de gente” compuesto por “periodistas, programadores de software, ingenieros de redes, matemáticos y otros”. Ese conjunto de personas, bajo la tutela de la virtualidad y el anonimato, pelea -explica el sitio- a favor del libre acceso a la información, la libertad de prensa y la total transparencia de las cuestiones públicas.
De acuerdo con el diario español El País, se trata de una plantilla estable de unas veinte personas, con casi un millar de colaboradores dispersos por el planeta. Una de las características que enfatiza el sitio, precisamente, se refiere a la protección de esas decenas de miles de fuentes. Wikileaks instruye cómo filtrar información hacia la página sin ser descubierto. El resguardo está dado, entre otras medidas, por la utilización de una conexión