Quizá nos dan hoy vergüenza nuestras prisiones. El siglo XIX se sentía orgulloso de las fortalezas que construía en los límites y a veces en el corazón de las ciudades. Le encantaba esta nueva benignidad que reemplazaba los patíbulos. Se maravillaba de no castigar a los cuerpos y de saber corregir en adelante las almas. Aquellos muros, aquellos cerrojos, aquellas celdas figuraban una verdadera empresa de ortopedia social.
«A los que roban se los encarcela; a los que violan se los encarcela; a los que matan, también». Foucault nos insiste en lo irracional de esta práctica, o mejor dicho, nos previene de la aparente racionalidad jurídica que parece justificar cada encierro y cada condena. La pregunta que el autor francés se hace « ¿De dónde viene esta extraña práctica y el curioso proyecto de encerrar para corregir, que traen consigo los Códigos penales de la época moderna? parece responderla sin mucha complejidad: se trataría de una tecnología nueva basada en «el desarrollo, del siglo XVI al XIX, de un verdadero conjunto de procedimientos para dividir en zonas, controlar, medir, encauzar a los individuos y hacerlos a la vez dóciles y útiles».
Si se criminaliza a una parte del pueblo, inmediatamente se separa, se contrapone a aquel segmento “inocente” de la sociedad (no criminalizada) en su relación concreta de clase con la otra mitad. Lo común entre una y otra se desvanece y sólo aparecen distancias y diferencias entre el trabajador “honesto y