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11 de diciembre de 2010

De Foucault a Redolés: Todo preso es un preso político

Por Fernando Sacamuelas

Quizá nos dan hoy vergüenza nuestras prisiones. El siglo XIX se sentía orgulloso de las fortalezas que construía en los límites y a veces en el corazón de las ciudades. Le encantaba esta nueva benignidad que reemplazaba los patíbulos. Se maravillaba de no castigar a los cuerpos y de saber corregir en adelante las almas. Aquellos muros, aquellos cerrojos, aquellas celdas figuraban una verdadera empresa de ortopedia social.

Con estas palabras intenta sintetizar Michel Foucault el recurso de los métodos de control y sus diferentes “estrategias” que desde le Edad media y hasta nuestros días han sido utilizados para moldear al individuo anti-social. Claro, ya no se tortura con caballos tirando hasta desmembrar las extremidades de un cuerpo manchado insalvablemente por el pecado, (condena del joven Damiens en el París de 1752, relatada al comienzo del Cap. I de Vigilar y castigar) o al menos, de hacerse no se llevaría a cabo en medio de la plaza pública. El objetivo ahora es castigar “el alma”, la psiquis, aquella inefable pero existente parte interior que nos lleva a transgredir los límites de la paz social y usurpar la libertad que el pueblo tiene de vivir en tranquilidad. Los barrotes son eso. Son privación que deviene en reencuentro consigo mismo; los legisladores desde siglos quieren hacernos creer que el criminal, una vez encerrado, se dará cuenta de lo desadaptado y mal agradecido que fue al desafiar las normas de un sistema que le otorga todo lo necesario para vivir a quien se porta adecuadamente.
«A los que roban se los encarcela; a los que violan se los encarcela; a los que matan, también». Foucault nos insiste en lo irracional de esta práctica, o mejor dicho, nos previene de la aparente racionalidad jurídica que parece justificar cada encierro y cada condena. La pregunta que el autor francés se hace « ¿De dónde viene esta extraña práctica y el curioso proyecto de encerrar para corregir, que traen consigo los Códigos penales de la época moderna? parece responderla sin mucha complejidad: se trataría de una tecnología nueva basada en «el desarrollo, del siglo XVI al XIX, de un verdadero conjunto de procedimientos para dividir en zonas, controlar, medir, encauzar a los individuos y hacerlos a la vez dóciles y útiles».
Si se criminaliza a una parte del pueblo, inmediatamente se separa, se contrapone a aquel segmento “inocente” de la sociedad (no criminalizada) en su relación concreta de clase con la otra mitad. Lo común entre una y otra se desvanece y sólo aparecen distancias y diferencias entre el trabajador “honesto y

8 de diciembre de 2010

Foucault en 1976: Las cárceles no reeducan, pero dan utilidades político-económicas

La tragedia que se produjo hoy en la cárcel de San Miguel no sólo hace pensar en las condiciones en que viven los reos mientras cumplen su condena. El actual Gobierno ha planteado numerosas veces su intención de ponerle un candado a la puerta giratoria, pero hay un problema que está más atrás: ¿Qué se logra realmente al encerrar a las personas que cometen delitos? Es decir, además de evitar que reincidan mientras están presos, ¿se alcanza un sistema de reeducación para que luego puedan reinsertarse en la sociedad?

Ya en 1976, en una conferencia ofrecida en la Facultad de Filosofía de una universidad brasileña, el filósofo francés Michel Foucault no sólo daba respuesta a estas preguntas. También planteaba una realidad que sigue vigente: mantener las cárceles, pese a que son inefectivas como forma de reeducación, produce ciertos beneficios político-económicos: vuelve a los reos más delincuentes, hace más aceptado el sistema de control policial y permite la existencia de instituciones de comercio ilícito. A continuación, reproducimos un fragmento de su charla*.

Pregunta del auditorio: ¿Qué tipo de productividad pretende lograr el poder en las prisiones?

Michel Foucault:

Ésa es una larga historia: el sistema de la prisión, quiero decir, de la prisión represiva, de la prisión como castigo, fue establecido tardíamente, prácticamente al fin del siglo XVIII. Antes de esa fecha la prisión no era un castigo legal: se aprisionaba a las personas simplemente para retenerlas antes de procesarlas y no para
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